You Won’t Be Alone: aprender a ser humano a través de otras pieles
Hay películas que parecen hechas para contar una historia y otras que existen para hacernos sentir que estamos descubriendo el mundo por primera vez. You Won’t Be Alone (2022), del director macedonio-australiano Goran Stolevski, pertenece a ese segundo grupo. Se vende como una película de terror, pero basta con verla unos minutos para entender que sus intereses van por otro camino. Lo sobrenatural funciona como punto de partida para hablar de identidad, maternidad, deseo y de esa extraña experiencia que significa simplemente estar vivo.
Todo comienza en una aldea aislada de la Macedonia del siglo XIX, cuando una criatura perteneciente al folclore local reclama a una niña como parte de un antiguo pacto. A partir de ahí, Nevena crecerá alejada del mundo y, cuando finalmente salga de su encierro, descubrirá que puede habitar otros cuerpos para experimentar la vida desde distintas perspectivas. La premisa podría prestarse para un relato de horror convencional, pero Stolevski la utiliza para construir algo mucho más cercano a una fábula existencial.
Uno de los aspectos más interesantes de la película es la forma en que resignifica la figura de la bruja. Como señala el escritor Juan Manuel Díaz, en su texto “Nunca estarás sola: fantasía oscura de Macedonia del Norte”, el término occidental resulta insuficiente para describir a estas criaturas, mucho más cercanas a la volkojatka o vrikolakas, seres del folclore balcánico capaces de devorar y asumir la identidad de aquello que consumen. Esa raíz cultural le da a la película una personalidad muy distinta al terror europeo o norteamericano que solemos consumir y la conecta con una tradición casi desconocida para buena parte del público.
Visualmente es una película de una belleza casi salvaje. La fotografía convierte los bosques, la tierra húmeda y las montañas en un organismo vivo que respira junto a los personajes. Hay una textura muy física en las imágenes: la sangre, el barro, la piel y los animales ocupan el mismo plano sin jerarquías. Todo transmite la sensación de pertenecer a un mismo ciclo natural donde la vida y la muerte conviven sin necesidad de explicaciones.
La narrativa avanza con paciencia. Los diálogos son mínimos y la voz interior de Nevena funciona como el pensamiento de alguien que intenta nombrar un mundo que apenas comprende. Esa mirada inocente convierte acciones tan simples como cocinar, acariciar un rostro o trabajar el campo en descubrimientos extraordinarios. Hay algo profundamente conmovedor en observar a un personaje que aprende a ser humano desde cero.
También me parece fascinante la lectura que propone Juan Manuel Díaz sobre la identidad de Nevena. Para él, la protagonista vive una constante experiencia de desplazamiento, obligada a conocer el mundo a través de cuerpos ajenos, como si nunca pudiera habitar el suyo propio. Esa condición abre la puerta a interpretaciones sobre la migración, la fragmentación de la antigua Yugoslavia o incluso las identidades trans, todas atravesadas por una misma sensación: la de existir dentro de una piel impuesta mientras se busca desesperadamente un lugar al cual pertenecer. Es una lectura que enriquece muchísimo la película y demuestra la cantidad de capas que esconde detrás de su aparente sencillez.
Goran Stolevski dirige con una sensibilidad poco común para una ópera prima. Su cámara observa antes que juzgar y confía plenamente en el poder de las imágenes. En algunos momentos es inevitable pensar en Terrence Malick por esa manera de filmar la naturaleza y los cuerpos como parte de una misma experiencia espiritual, aunque la película nunca deja de sentirse profundamente balcánica, arraigada a sus propias leyendas y a una memoria colectiva que parece resistirse a desaparecer.
Lo que más me dejó You Won’t Be Alone fue la idea de que todos construimos nuestra identidad a partir de las vidas que tocamos. Somos un poco de quienes amamos, de quienes perdemos y de quienes nos enseñan a mirar el mundo. Nevena cambia de rostro constantemente, pero su búsqueda es la misma que la de cualquiera: encontrar un sitio donde dejar de sentirse extraña.
No creo que sea una película para todo el mundo. Su ritmo pausado, su estructura fragmentaria y su interés por la contemplación pueden desesperar a quienes buscan un relato más convencional. Pero quienes acepten entrar en su lógica descubrirán una de las propuestas más originales del cine fantástico reciente, una película que utiliza el horror folclórico para preguntarse qué significa habitar un cuerpo, construir una identidad y aprender, a veces demasiado tarde, que nadie quiere atravesar la vida completamente solo.
